Cómo afrontar la pobreza extrema

Buen día,

El índice de miseria humana, creado por Arthur Okun, es un indicador que tiene en cuenta dos variables: inflación y paro. Cuando en un país son muy elevados los dos la política monetaria deja de ser un instrumento eficaz. Pues bien, el país más mísero según este índice es Zimbabwe entre un total de 197 países, con un índice de 100,6%. Además, se da la circunstancia de que cuenta con uno de los porcentajes de infectados por VIH más altos del continente: un 25% de la población entre 15 y 49 años. Por eso ha sido país preferente en la campaña 2012 de Manos Unidas, que reclama el cumplimiento del objetivo 6 del milenio, la protección del derecho de todos a la salud. No se puede permanecer indiferente ante el hambre, la miseria y la injusticia. Porque, ¿puede progresar un país que tiene abiertos tantos frentes? La respuesta es no. Mientras un país no pueda garantizar unos mínimos de subsistencia para su población, no puede atisbar siquiera contemplar un futuro distinto. Hay que taponar la herida, detener la hemorragia y a partir de ahí empezar a construir. Llegado este punto surge la cuestión de las políticas de ayudas económicas. Me encuentro entre aquéllos que piensan que por si solas no son eficaces y no son el sistema mejor, porque ya se sabe que no queda garantizado que llegue la ayuda ni que repercuta en una mejora proporcional de la población del país receptor. Téngase en cuenta que estamos hablando de países donde nos encontramos con regímenes políticos corruptos donde predomina la inseguridad jurídica. Fijaos, desde 1960 se han concedido 3,5 billones de dólares en Ayudas Oficiales para el Desarrollo (AOD) que no han servido p.e. para tener suficientes medicinas para evitar la muerte de niños por malaria, o proveer de mosquiteras a todas las familias más pobres. Y eso que son remedios bastante baratos. Por tanto, encuentro normal el escepticismo sobre el papel de las AOD para reducir la pobreza. Es cierto que no existe consenso al respecto pero parece sí queda en evidencia el hecho de que sean un elemento eficaz para salir del estado de miseria. Parece un sistema que calma las conciencias de los países desarrollados en un ejercicio malentendido de solidaridad. Digo esto porque los gobiernos de estos países se han limitado a fijar un objetivo del 0,7% de su PIB (en 1980). Desde entonces solo ha sido cumplido por cinco países OCDE, mientras el resto se sitúa en el 0,3%. Dan el dinero y, misión cumplida. No pienso que se realice seguimiento alguno sobre el destino de esas ayudas pero esto es solo una suposición mía. Lo cierto es que incluso economistas africanos como Ayittei o Moyo llegan a culpar a Occidente de prolongar la pobreza en África por culpa de las ayudas enviadas a los líderes corruptos del continente, porque los mantienen en el poder y marginan a las instituciones locales. Es el caso de Mugabe en Zimbabwe. Sí encuentro que el sistema funciona mejor en casos de situaciones extraordinarias como catástrofes naturales (terremotos, inundaciones,…) o proyectos específicos (alimentos, medicinas infantiles o mejora de salud como agua potable). Por tanto, a corto plazo son necesarias las ayudas económicas pero a largo plazo lo que marcaría sin duda la diferencia, lo que sería un salto cualitativo importante en el tratamiento de este problema serían otras medidas como la eliminación de barreras arancelarias y la reforma de los gobiernos locales para acabar con el sometimiento de estas sociedades. ¿Está Occidente por la labor? Hasta ahora, parece que no. ¿Qué opinas?

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